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El Espejo Vengador

por Viterbo Ferraro

A los pocos años de abandonar mi patria por el golpe militar me encontraba en Tegucigalpa, la apacible capital hondureña, iniciando una consultoría con un organismo de Naciones Unidas. En la planta baja del hotel Honduras-Maya donde me alojaba transitoriamente con mi familia a la espera de arrendar una casa por los próximos meses, estaban instalados los acostumbrados restaurants, salones y boutiques propios del único hotel respetable de la ciudad. Al Honduras-Maya concurría en esos años el pequeño mundo de profesionales, militares y burócratas de alto y mediano mando, consultores, diplomáticos y otros miembros de la elite tegucigalpeña que buscaban un paréntesis amable a la sofocante rutina de sus mandatos ( o mejor dicho en chileno: sus pegas ) . Y aquí comienza mi historia.

A pesar de mi muy menguado cabello, yo concurría regularmente a la peluquería del hotel, donde don Acario y Suyapita, su joven y voluptuosa ayudante manicurista atendían a los parroquianos. En esos días yo me preocupaba de leer asiduamente la prensa local para mejor entender el acontecer nacional. Recuerdo que un par de días antes me llamó la atención un juego de fotografías mostrando al nuevo embajador de Chile cuando presentaba sus credenciales al Jefe de Estado, otra saludando a miembros del cuerpo diplomático y una mas en primer plano haciendo declaraciones sobre su misión. Como exiliado me dolía leer sobre la frescura con que este advenedizo ( seguramente un militar en retiro ) cantaba loas al nuevo régimen instaurado en mi país. Por ello, mientras estaba sentado en el ajado sillón peluquero de don Acario y éste me colocaba la inmaculada sábana blanca al cuello alisando con su peine mis dóciles mechas, casi di un salto al ver por el amplio espejo que se sentaba frente a la mesita de operaciones de Suyapita, colocada en diagonal respecto a mi sillón, a un señor exageradamente elegante, de una edad propia de un jubilado, y que se aprestaba para arreglarse sus delicadas uñas. Por supuesto mi lector ya habrá deducido que se trataba nada menos que del mentado y espureo embajador chileno. El hombre nos hizo una muy leve venia a don Acario y a mi, a la cual respondí con un movimiento aún mas leve mientras sentía que mi pulso se disparaba al estar tan próximo a un esbirro de la dictadura. Me vinieron a la memoria apresurados y tristes recuerdos de esos meses finales en Santiago cuando me interrumpió don Acario que me miraba preocupado por el espejo:

- Que le pasa, señor , será que le apreta el cuello ? - No se preocupe - le respondí en voz baja - es que estoy algo cansado, siga nomás.

Yo miraba fijamente en diagonal por el espejo al embajador, el cual había extendido su mano izquierda regordeta (y además asesina, me decía yo) para que Suyapita le suavizara sus garras. En algún momento se cruzaron nuestras miradas y advertí algo como una expresión de curiosidad en sus ojos. Yo desvié mi vista hacia el cielo y me puse a reflexionar sobre esta incómoda situación: debía simplemente ignorarlo, protegiendo mi trabajo y mi familia, en este país también autoritario ? . O debería, como buen demócrata, enrostrarle la falsedad de su cargo ? Opté, como es mi costumbre por una salida aristotélica, vale decir, ni tanto ni tan poco.

Mi opción consistió en provocarlo visualmente. Carraspeé un par de veces para provocar su mirada y comenzé a poner mis mejores (o mas bien peores) caras de enojo, de disgusto, de desprecio. Noté en su semblante, cada vez que él o yo nos mirábamos a traves del bendito espejo, un cambio gradual, como que palidecía, como que respiraba algo agitado. Tomé valor y empezé a musitar en voz muy baja algunos garabatos de mi acervo chileno. A esa altura don Acario se sobresaltó:

-Pero qué le pasa, mi estimado señor, parece que le estoy haciendo doler o es que no le gusta mi corte, por favor dígame !
-Nada, don Acario, es que yo sigo un programa de relajamiento facial desde hace un tiempo.
-Ah- dijo don Acario y volvió a su querida tijera Solingen alemana.

Cuando volví a la carga, acentuando mi agresiva gesticulación, vi que el embajador le musitaba algo al oído a la Suyapita, le deslizaba unos lempiras en la falda a la morena manicurista y sin más se levantó apresuradamente y, sin mirarme, salió a buen tranco de la peluquería.

- Que tal - le dije a don Acario - se la gané al desgraciado ese. Muy embajador de Chile será, pero para mi es un carajo mas….

Don Acario me miraba con estupor. Entonces se acercó la Suyapita, con sus tapatíos ojos casi desorbitados, y me dice:

-Señor, el que salió era el embajador de Francia !!!!


Viterbo Ferraro, 11/2002